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Una novela llamada Rugby que habla de ciertos aspectos del ambiente

02/09/2010

Iba caminando hace unos días por Palermo y en una librería vi una novela llamada Rugby. Llegué a mi casa y la leí de un saque. Por una amiga me pude contactar con el autor, Manuel Soriano, el martes pasado.

Espero que sigan saliendo libros que me gusten como éste.

A continuación, la sinopsis de la novela y una entrevista a Manuel Soriano hecha por alguien de editorial.

Una noche de sábado, en un club de rugby de las afueras de Buenos Aires, se produce un crimen. ¿Cómo pudo ocurrir algo así en el ambiente aparentemente impoluto de la “familia del rugby”? Desde las entrañas de ese mundo, el Mocho, hijo de peruanos adinerados, narra en primera persona la sucesión de acontecimientos fatales que tiene lugar en un “tercer tiempo”, donde el alcohol ayuda a desnudar las miserias y las virtudes de un grupo de muchachos, ex alumnos de un prestigioso colegio inglés.

Dos historias se entretejen en la narración de Rugby: la de la reconstrucción minuciosa, casi periodística de la noche trágica, y la de los recuerdos del narrador: su familia, la muerte de su madre, su educación católica, sus estudios de abogacía, su vida sexual, su ambivalente relación con “los negros”, su dudoso origen, sus culpas.

Novela de iniciación, relato de suspenso e intriga, crítica de una sociedad atravesada por prejuicios raciales, Rugby es un potente punto de partida que permite sondear las zonas oscuras de una clase social acomodada y los estigmas del mundo del rugby.

El autor: MANUEL SORIANO nació en Buenos Aires en 1977. Se recibió de abogado en la UBA. Desde 2005 reside en Montevideo. Publicó el libro de cuentos La caricia como método de tortura (2007). Es editor de la revista de cuentos La TartamudaRugby es su primera novela.

Entrevista a Manuel Soriano

- ¿Por qué elegiste el mundo del rugby para tu novela?

- Siempre me fascinaron las historias sobre el mundo W.A.S.P. de la costa este de los Estados Unidos. La idea de que exista un núcleo de familias (blancas, anglosajonas y protestantes, en ese caso) encargado de levantar la bandera de la tradición y las buenas costumbres. Leyendo a Salinger, Cheever o Fitzgerald –las historias que dejan ver las grietas de ese sistema– me di cuenta de que quería escribir sobre eso. Y el “mundo del rugby” es sin duda lo más parecido a lo W.A.S.P. que se puede encontrar en Argentina. En versión católica, por supuesto. Claro que llevado a nuestro país y al siglo XXI, todo se vuelve mucho menos glamoroso.

- Pero ¿por qué específicamente el rugby y no otro deporte de una supuesta elite como puede ser el polo o el golf?

- El rugby crea un sentido de pertenencia muy fuerte. Se aprende de chico, en el colegio o en el club. Siempre se habla de “la familia del rugby”, y esto es porque existe un sistema de solidaridad interna que funciona a la perfección. Las características propias del juego hacen que el equipo sea mucho más importante que el individuo. Existe una devoción desmedida por lo corporativo. Y eso no queda sólo en el deporte. Los rugbiers van a parrillas, boliches o vacaciones en grupos de veinte o treinta. Para un rugbier no hay nada mejor que otro rugbier, en la cancha, en la oficina, en la familia o en la Cordillera de los Andes.

- ¿Trabajaste con datos tomados de la realidad?

- Por supuesto. Conozco el ambiente. Hay cosas reales y cosas fundadamente inventadas. Llegado el caso, no podría probar nada, por eso Rugby es una novela y no una denuncia. Lo que nadie puede negar con honestidad es la verosimilitud de la historia.

- ¿Cómo está tratado el tema de la frontera entre el club y sus alrededores de otro estrato social?

La frontera es un tema fundamental en la novela. El Mocho, por su propia historia, se siente con un pie adentro y otro afuera de ese límite. En un cuento de Faulkner un niño blanco le pregunta a su criada negra: “Yo no soy un negro, ¿no es cierto?”. Esa misma pregunta –trasladada a lo que significa ser “un negro” en Buenos Aires– se la hace el Mocho a sí mismo al principio de la novela, y es el motor de la historia.

- ¿Qué impacto crees que puede tener la novela en el ambiente del rugby?

- La verdad que no lo sé. En el rugby, como en todos lados, hay gente de todo tipo, hay clubes de elite y otros que no tanto. Siempre se habla de la nobleza del jugador de rugby. Todas las publicidades relacionadas al rugby aprovechan esa imagen. Pero lo cierto es que el rugby es un deporte tan honorable como el fútbol o el ping-pong. Seguramente a muchos no les guste esta novela. Como toda desmitificación, supongo que va a tener sus detractores.

Escenario mercenario

20/08/2010

Mostaza Merlo decía paso a paso. A pesar de que lo hacía por una cuestión de cábalas, hay algo muy cierto en esas tres palabras. No entiendo cuando un periodista pregunta si el equipo está para campeón o si tiene como objetivo clasificar a la final. Me parece muy absurdo pensar en competir solamente en función de un partido y que ese partido defina el sentido de todas las cosas. Dicen que si Argentina salía campeón del mundo, Messi era el número uno pero como no pasó, está en deuda. ¿Qué es ser el número uno? En este caso es algo perverso.

El ser humano necesita encontrarle sentido a todo, definir las cosas y ubicar por categorías. Ese intento de encontrarle el sentido a las cosas, querer llegar a un lugar lo distrae y le impide disfrutar del camino y del presente.

Una autopista une dos puntos sin importar el trayecto. El camino, en cambio, es un elogio del presente; cada tramo tiene sentido.

Phil Jackson, el entrenador de los Chicago Bulls en la década del noventa, contó que una vez estaba festejando un título en una fiesta con celebridades y todo un circo. Miró su mano y vió el anillo Se dio cuenta de lo obsoleto que era ese pedazo de metal y pensó que a él lo que realmente le daba satisfacción era el camino; preparar los partidos, las prácticas, las charlas y los partidos en sí.

Soy testigo de lo salvaje que puede ser el deporte de alta competencia. En un punto se vuelve ganar por ganar, para tener mas guita, autos y minas como en un video clip de rap. Siempre que entra el ego en juego hay problemas.

Mi último año como profesional en Inglaterra me hizo repensar mis ganas de jugar al rugby. Es muy lindo jugar con los mejores; no es lindo que un gordo emo te hable de hombría, huevos y todas esas giladas que se dicen. Lo que era pasión se volvió una carga. Un día me fui a dormir pensando en eso. Cuando desperté  me di cuenta de que lo que mas me gusta es correr con la pelota, es por eso que juego. Solo así puedo ser fiel a mi mismo.

Forrest Gump describe mejor que nadie esa actitud de disfrutar el camino como Kerouac. En una escena está sentado en una silla en su casa mirando el camino hasta que decide salir a correr. Llega al pueblo y decide correr hasta el otro pueblo. Así sigue y llega a un extremo del continente, se da vuelta y va para el otro lado. En el camino pasa por montañas, desiertos, campos. Los observa y disfruta sin pensar en una meta. Un día lo empieza a seguir un tipo y otro y otro. Son muchísimos los que lo siguen buscando inspiración, una respuesta. Un periodista le pregunta por qué lo hace; tenía ganas de correr, dice Forrest. En un desierto, con cientos de tipos atrás suyo, se frena. Todos esperan una frase reveladora, el momento de iluminación. Estoy bastante cansado, creo que me voy a casa, les dice. Los seguidores no entienden, quieren que diga algo mas. Sienten que hicieron un esfuerzo en vano y le preguntan ¿qué se supone que hagámos nosotros? No hay respuesta del taoísta abriéndose paso para volver a su casa.

Me aconsejaron hacer regenerativo después de jugar

05/08/2010

Me aconsejaron hacer regenerativo después de jugar. Venía de una noche de baile y me costó levantarme. Pero por la militancia hay que dejar todo, incluso las resacas. Entonces agarré mi súper bici plegable y fui con mi hermano y mi viejo a comer a la mejor parrilla de Victoria, el Andén sobre Presidente Perón a cuatro cuadras de la cancha de Taiguer. Lo que nos une con los hindúes son las vacas por considerarlas sagradas. Cumplimos con el ritual y satisfechos nos tomamos el tren a Retiro. En el furgón había un brasilero con otra súper bici. ¿Van a la Masa Crítica? Nos preguntó. Si, claro, somos militantes. Después subió otro y ya eramos unos vagabundos del Dharma compartiendo una botella de agua y la pasión por la bici. Desde la estación de Retiro nos fuimos para la 9 de julio. Al llegar al Colón vi los rastros del KKK latino en una pintada que decía “Derogación de la ley de putimonio”. La mala onda del fascismo no iba a impedir una tarde de fiesta pedaleando por la ciudad. ¿Qué son unas palabras amontonadas en una pared por unos comeagua?

En el Obelisco ya estaban todos los bicicletistas acariciando a sus rodados, compartiendo el amor con miles de desconocidos de todo tipo y edad. Vayamos por más, propongamos el matrimonio entre más de dos personas, hagámos el multimatrimonio. En la Masa Crítica hay un montón de mujeres hermosas, un montón de amigos con quienes no  hace falta hablar porque el diálogo se da pedaleando al ritmo de la música de los que llevan parlantes. James Brown decía Get up y cortamos la 9 de julio en protesta pacífica, como representantes de la anarquía no violenta. ¡Por fin! Decía la naturaleza domesticada desde los canteros al ver cientos de bicicletistas ocupando el asfalto de la más ancha. Como un transformer me fusioné con mi cleta para volvernos un bailarín mitad hombre funk-mitad súper bici. El amortiguador del asiento marcaba el groove, mi cabeza se ladeaba  igual a unas palmeras salvajes con el beat hip-hopero de 2Pac. En seguida me hice amigo de una de las tantas mujeres hermosas. Me dijo, ¡que linda bici, que copado tu amortiguador! Yo le contesté, si, ¿viste? tenemos todo el ritmo, y decí que hoy no tomamos ni un solo fernet y ayer tuve un partido durísimo de rugby. Seguimos bailando y me puse a pensar en mi princesa rusa hasta frenar en un semáforo. Ella siempre quiere venir a la Masa pero este fin de semana se tuvo que ir a su ciudad de las mujeres mas lindas, del fernet, de la birra y madrugadas sin par.

Ya en Libertador, atrás nuestro, un montón de presos en sus maquinas de cuatro ruedas nos tocaban bocina. El enemigo acechaba pero nada podía hacer. Un troglodita le tiró el auto a mi hermano, Fran. Te piso, grasa, te piso, le dijo el autómata sacando la cabeza por la ventana y el odio por los ojos pero vio que los anarquistas no violentos nos protegemos. Yo cuando juego pego porque tengo miedo, le dijo una vez a mi viejo un amigo suyo. Es así, todo aquél que agrede en cualquier nivel lo hace por miedo, sino no se entiende. Por eso los que escribieron esa frase represora sobre el putimonio lo hicieron, por miedo. Y así, con miedo, el loco del auto aceleró llevándose su miedo consigo, distraído y pensando que hay que abrirse paso a los codazos en la vida. Ya todos sabémos que la vida no es hippie, por lo tanto es bueno darle un poco de música y sonrisa.

La fiesta andante seguía por todas las avenidas. Se mezclaban los idiomas. Extranjeros divertidos sacaban fotos, recuperaban la esperanza en la humanidad. Así fue también en un tiempo en esta ciudad donde confluían lenguas. Otra vez, gracias a la Masa Crítica todo volvía a ser como en el Génesis. La torre de Babel bicicletista se fue de Callao a Córdoba. Viejitos nos saludaban levantando el puño en el aire. Algunos hacían cuernitos y gritaban ¡rocanrol! Me acuerdo de esa pareja septuagenaria aplaudiendo en una esquina. El payaso, gran animador de la fiesta, iba de adelante a atrás arengando a todos. En una parada de colectivo hizo un anuncio: les aseguro que HOY EL COLECTIVO NO VA A PASAR, TENGO INFORMACIÓN PRECISA, HOY LA POSTA ES LA BICICLETA, ¡SUMÉNSE!

Por momentos la fiesta se frenaba en alguna calle. Un patrullero frenó. Contra todo estereotipo y prejuicio se copó y defendió nuestra causa. Todo fue zen. Surfeamos el cemento un par de horas más hasta llegar al túnel de Cabildo. Una vez atravesado nos preguntamos ¿Por qué no pasar de vuelta si somos taoístas? De nuevo pasamos. Con mi viejo y mi hermano más chico nos separamos. Nuestras piernas y glúteos ya pedían boxes. Sobre todo las mías. La Masa siguió sólida. Nosotros tomamos el tren hasta Victoria, siempre esperando pedalear de fiesta otra vez, el primer domingo de cada mes.

http://masacriticabsas.blogspot.com/

SICASI

01/08/2010

Desde que nacemos escuchamos la verdad según quienes nos crían. Tanto condicionamiento es causa de sufrimiento, desde el punto de vista del budismo. Por ejemplo en el SIC nos decían que el CASI era lo peor, las fuerzas del mal, algo intoxicante. Seguramente a ellos les decían algo parecido. Así se fortalecía el antagonismo.

Una vez me cuestioné eso de la rivalidad acérrima entre los dos clubes. En los primeros años, dicen las historias de boca en boca, que familias se separaron, que no se hablaron más. Hasta he llegado a escuchar de algún desterrado. No soy alguien que crea demasiado en la historia, tampoco le veo mucho sentido a saber todos los detalles de algo que jamás viví. Lo que sí me gusta de esa rivalidad es su parecido con el código Samurai. Ese código se basa en el Ying y el Yang, un concepto fundamentado en la dualidad de todo lo existente en el universo. Por ejemplo  masculino/femenino, luz/oscuridad, sonido/silencio. Ninguno es contrario separado del otro sino que es absolutamente opuesto complementario. Eso es el SIC y el CASI, el Ying y el Yang en un barrio, opuestos por el deporte. De esa manera se toma la rivalidad, como lo hacían los Samurai, honrando la espada del enemigo y sabiendo que sin él no existe la batalla.

Por eso cuando a principios de los noventa, el CASI descendió, no disfrutamos demasiado su ausencia más que para inventar canciones y burlas de chiquitos. En realidad, no se puede pensar en una temporada sin jugar contra ellos. No tiene gracia. Porque el bien siempre necesita del mal, el silencio del sonido y lo masculino de lo femenino.

La novia del Gato

15/07/2010

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No tiene nada en contra del rugby. No podría tenerlo, porque si no fuera por uno de esos terceros tiempos surrealistas, no lo hubiese conocido. Esa es su novia. Acompañó a una amiga una noche de pocas opciones. Tenía los típicos prejuicios hacia los rugbiers, no hacia todos en general, pero mas que nada hacia la rugbieritud. Eso de andar en malón y agitar como hinchada, de demostrar su heterosexualidad que es para despejar cualquier duda de homosexualidad, mostrar fortaleza constantemente, eran lo que le llamaba la atención. Igualmente algo de todo eso la atraía. En un momento de la noche su amiga desapareció y ella quedó sola, junto a la barra en el momento de mayor confusión del tercer tiempo. Un ebrio se le acercó dejando todo para demostrarle sus poderes viriles. La segunda negativa lo ofuscó. Fue ahí cuando intervino el Gato en son de paz a calmar a la fiera. No pasó a mayores por el respeto que el ebrio tenía por él. Simplemente agachó la cabeza y fue en busca de otra presa. Lo que siguió no fue el dialogo común de película donde el héroe le pregunta a la chica si está bien, y ella lo mira a los ojos y le dice que si.

-Yo también hago esas cosas pero hoy hice Satori.- le dijo el Gato.

-¿Satori? – Le preguntó ella.

-Es un estado de atención plena. Sentí como ocupaba este cuerpo, fue como verme adentro de él y vi el lugar donde estaba. No se bien como explicarlo.

-A mi me pasó una vez, cuando era muy chica.

-¿Te pasó algo así?

-Si, estaba mirando a dos personas discutir en la calle, parecía que se iban a matar, y fue como si me alejara y viera la situación desde lejos, y pensé bueno esto es lo que hay, ¿que necesidad tenemos de apegarnos tanto a las cosas? ¿Por qué nos creemos el centro del universo?. Y a partir de ahí me di cuenta de muchas cosas.

Hacía poco tiempo que estaba de vuelta de Francia. No le interesaba sentarse a hablar del partido jugado esa tarde, ni jugar a emborracharse. Pidió una botella de vino para conversar con ella en una esquina del bar, alejados del epicentro y de los chacales. Ella quería saber todo sobre la rugbieritud. Y el Gato, con lujo de delirio le detalló todo acerca de ese extraño mundo de guerreros modernos y arlequines borrachos. Le contó su idea de escribir un libro sobre un rugbier con una historia  dudosa, en realidad basado un poco en experiencias propias.

-¿Sos escritor?- le preguntó ella.

-Si, pero todavía no escribí nada bueno, o nada que me guste por lo menos. Tengo unos bosquejos guardados por ahí.

-No puedo creer, un rugbier poeta. Suena contradictorio, pero también es como dos buenos complementos. Dureza y sensibilidad.

-Eso me lo dijo un director de cine que se parecía a Jorge Cafrune y Jim Morrison una vez en un asado. Es prejuicio tuyo igual.

- Bueno, pero ¿vos no tenés nunca prejuicios?

-Casi nunca. De vos por ejemplo no pienso nada, es mejor así. Si me pongo a pensar algo sobre cada persona que conozco me vuelvo loco. Solamente sos alguien a quien rescate de un chacal y está tomando un vino conmigo y hablando de rugbieritud, como decís vos.

-Y de literatura y del rugbier poeta.

Esa noche hablaron y tomaron vino hasta que la señora de la limpieza les pidió si podían levantar los pies para poder barrer. Levantaron los pies y se fueron. Por primera vez el Gato no insistió en ir a dormir con una mujer. Se dio de todas maneras. ¿Y rugbier poeta, no me vas a acompañar hasta mi casa?, le preguntó. Instintivamente la siguió sin responder hasta su casa, un PH donde vivía sola, llena de discos y cuadros pintados por ella. Los discos lo volvieron loco. Una edición original en vinilo de Let it bleed de los Stones por poco hizo que el Gato volviera a la sobriedad. Ese disco fue el que le ayudó a atravesar el insoportable secundario sin hacerse el Harakiri.

-Lo conseguí por un amigo de la militancia- dijo ella

-¿Militancia?

-Si, milito en la Juventud Peronista. Mañana tengo que ir a una villa. Estamos haciendo unos talleres. Yo doy uno de pintura. Alguien tiene que hacer algo por los pobres, ¿Vamos a esperar que la oligarquía egoísta lo haga?

-Entonces los cuadros son tuyos. Así que sos militante, yo siempre quise saber del mundo de la política.

-Y yo de la rugbieritud. ¿Te sirvo algo de tomar, rugbiercito oligarca?¿Cerveza, Fernet?

-Birra está bien. Bueno, si querés te empiezo contando de los Talibanes del rugby.

-¿Así que hay Talibanes?

-Si, pero no es muy divertido. Si vas a ver un partido te das cuenta.

-¿Te gustaría acompañarme mañana al taller?

-¡Si, sería increíble! Pero ahora vamos a los bifes, que estoy bastante en pedo y ya hablamos lo suficiente y nos salvamos al mundo. La única forma de salvarlo ahora es enroscándonos en ese colchón. Imaginate que es el campo de batalla contra la derecha que vengo a ser yo, el rugbier que representa a la oligarquía. Vos sos una luchadora por los derechos de los trabajadores de la poesía espontánea, ¡descamisémonos ya!

-Aaah, mirálo al rugbier poeta, ¡tiró todas las palabras al asador!

Al día siguiente el Gato no pudo despertar. Estaba boca arriba destilando alcohol cuando ella se fue a cumplir su misión solidaria. Lo dejó así, con un cartel a su lado. “Come lo que quieras, rugbier poeta. Cuidado con los Talibanes. Beso, Mona”.

Se levantó una hora más tarde, sorpresivamente sin resaca. Agarró su ropa, se sentó en el inodoro donde pensó el último verso de un poema que empezó después de tener sexo con ella. Lo dejó escrito en la mesa de la cocina. Sacó una lata de cerveza y caminó por la calle unas cuantas cuadras hasta encontrar la parada del colectivo.

Por un mes no se vieron. Mona siguió pensando en él los primeros días y después cada vez menos. Supuso que no lo vería de nuevo, como a un animal de una especie que solo se ve una vez en la vida.

El Gato no pensó demasiado. Estaba bastante ocupado con su trabajo como supervisor de una obra en una planta productora de semillas, donde la tropa era difícil y cuando las cosas se ponían peludas le tiraban el fardo a él. Por si fuera poco, tenía que manejar dos horas por día para llegar a esa planta. No le molestaba demasiado, aunque si le hinchaba las pelotas un pintor que lo toreaba y le quería llenar la cabeza al resto. Si no protestaba por las horas extras era por el aguinaldo, los materiales o la ropa. Antes de decir buen día tiraba una queja. El tipo tenía fama de jodido. Nunca fue un problema el carácter de otro para el Gato. Un día apenas bajó del auto, Chávez el pintor, se largó a rapear.

-Che loco ¿Cuando me depositan el aguinaldo?

-No sé, Chávez. Ya te dije que de esas cosas no me ocupo yo.

-Vos estás muy piola, no te hacés cargo de nada, venís con tu camioneta a dar órdenes y nosotros acá dando la cara todos los días.

-Mirá, Chávez, no me interesa escuchar la telenovela de tu vida. Si tenés un problema conmigo lo arreglamos afuera, pero no te lo aconsejo. Te puedo dar una salsa bárbara con la mano mala y la otra atada.

Pobres pájaros que tuvieron que dejar su reposo, espantados por el grito atolondrado de Chávez que decía, hijo de puta, hijo de puta. Y más se asustaron cuando quiso embestir al Gato y fue devuelto como cheque en kiosko tres metros hacia atrás. Por orden de su jefe, por unos días, el protagonista Samurai y poeta de esta historia dejó de ir a la obra.

A ese incidente le siguió uno menos violento pero igual de atrapante, mas o menos por la misma época, que paso a contar. Eran las seis de la tarde y Mona caminaba por el centro. Al doblar en una esquina vio al Gato en la vereda de enfrente. Tenía una camisa rota y manchada con sangre que caía de un corte en una ceja. Asustada, la gente se alejaba al verlo, porque a nadie le gusta ver a un tipo sangrar y caminar tranquilo. Ese es el Gato, pensó Mona. Cruzó la vereda y se puso frente a él.

-¿Qué hacés rugbier poeta?¿Qué te pasó?- Le preguntó.

-Ah, ¿esto? Estaba en un bar y me puse a discutir con un tipo grandote. Era enorme y estaba borracho. Yo también. Ni me acuerdo por qué discutíamos. De lo que me acuerdo es que me pegó con el cenicero acá en la ceja, ¿ves? Fue lo único que pudo hacer. Le dí tres cazotes y quedó turuleco.

-Uh, te vas a tener que hacer ver. Te acompaño a ver a un médico si querés.

Fueron al hospital más cercano. No querían atenderlo. El carné de su obra social estaba vencido. Ni ganas de pelearla tenía el Gato. Vio un asiento vacío y se dejó caer al lado de un viejito. El hombre le miró la camisa manchada. Le preguntó si estaba bien. Si estoy bien, señor, gracias, no es nada esto, le dijo palmeándole el hombro. Mona seguía hablando con la recepcionista.

-A mí tampoco me quieren atender. ¿Podés creer? Vengo todas las semanas. Dicen que mi obra social está impaga.-Dijo el viejo.

-La salud es un privilegio que da el dinero. ¿Quiere que haga algo? Le puedo pegar unos gritos a la secretaria esa que está tan cómoda en su cubículo.

-No vale la pena. Es lo mismo. Morir me voy a morir igual. Estuve pensando acá sentado. Tengo 75 años y jamás tuve miedo. Menos voy a tener ahora que ya pasé varias. Mirá mi pierna, ¿ves ésta marca?, me pegaron un tiro en una manifestación hace mucho tiempo. No, ya está. Peor que la muerte es el miedo a la muerte y ese a mi no me gana.

-Usted es muy sabio. Venga que lo invito a tomar algo en el bar de acá a la vuelta. Yo para pagarle a los chantas de la obra social no tengo pero para tomarme un trago con un amigo si. Y eso es una mejor obra social.

Acostumbrada a pelear por los derechos de la gente, Mona seguía intentando convencer a la secretaria de atender al Gato. Salió con que la constitución, que los derechos ciudadanos. Cuando giró para traerlo y así dar un poco de lástima, escuchó su llamada.

-Vení, Che Guevara hermosa, vamos al bar de la lado, donde sí nos van a atender y nos vamos a curar la sed.

Pasados varios tragos, seguían charlando. La sangre de la ceja del Gato había parado. Yo te dije que si sostenía unas servilletas se arreglaba, no era nada, le dijo a Mona. Entusiasmado, el viejo hablaba de su oficio de tornero. Cincuenta años haciendo lo mismo. Lleno de combustible etílico como los autos del futuro, el Gato sonreía de amor, sorprendido de haberse encontrado con la luchadora social rockera y bohemia.

-Rugbier poeta, nunca llamaste.

-¿Y por qué te iba a llamar? Sabía que nos íbamos a encontrar en algún lugar de ésta ciudad opresiva y mala onda. Porque debajo del odio superficial que flota como soretes en la cloaca de esta ciudad está el amor que vos me podés dar y quiere trascender a todo. Sos la mezcla perfecta de rocanrol montonero y revolución sexual femenina.

-Sos un chanta muy poético.-Dijo mona. El viejito roncaba con la cabeza apoyada en la mesa y mucho alcohol en su estómago.-¿Escribiste algo aparte de ese poema zarpado que me dejaste?

-Yo era escritor, ¿no? Qué raro que todo el mundo tenga que ser algo. Vagabundo, tornero, militante, profesional, lo que sea. No se, por ahora no escribí mucho, pero el laburo que tengo y el rugby me dan para llenar kilos de papeles. Es lo mismo, ¿no? No me tomo demasiado en serio. Cualquier cosa que hagamos es igual de estúpida y nos creemos que es lo mas importante del universo.

-Yo creo que si, que tenés que largar toda esa prosa atolondrada. Pero otro día. Hoy me vas a acompañar de nuevo a mi casa. Primero llevemos a este viejito a algún lugar.

-No, mejor dejále unos mangos en el bolsillo y se tome un tacho. Vive en Villa Urquiza y para cuando lleguemos hasta ahí tal vez te  arrepientas. Ya es grande, sabe lo que hace.

Esa vez no se fue al otro día. Se quedó unos cuantos y faltó al trabajo. Sólo se fue cuando llegó el día de entrenamiento con el club. Ese mismo día su jefe le dejó un mensaje apocalíptico en el teléfono. No lo necesitaban más. Llamó para asegurarse el cobro de la liquidación. Dijeron que en unos días la plata iba a ser depositada. Perfecto, dijo y puso un disco.

El Gato versus el pingüino

01/07/2010

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Odia ponerse traje pero como se casa la Chancha, hace el esfuerzo. Es uno de los pocos que consigue que el Gato vaya en contra de sus propias convicciones. Se conocen desde la edad del primer amor futbolero, época en que la Chancha era un dotado, la gambeta más joven y rápida del oeste. La alusión porcina del apodo maduró con el año en que Gambetita se mudó y pareció tragarse un Fiat 600. Dejó de ser Gambetita para convertirse en la Chancha en el instante mismo que se encontraron de nuevo. Con los años dejaron de tener cosas en común. Uno empezó una carrera exitosa en un banco, el sueño de una familia que empieza este día. El otro es un no creyente en el éxito, un buscador el Tao. Y eso para los dos está bien, aceptan la verdad del otro.

Se saca la foto con su amigo y lo abraza, lo quiere de verdad, aunque ya no se vean seguido. Observando todo lo que pasa, se larga a soliloquiar, con un brazo en la barra.

Mientras, me pido un fernecito, total nadie baila por ahora y tengo sed… Tres hielos es lo justo, siempre y cuando el vaso sea largo… En vaso chico no va, es como los sanguchitos de cumpleaños que son un cuadradito un poco mas grande que un caramelo y no llenan ni la muela… Eso es lo malo de los casamientos, que a veces no te lo hacen con la medida justa… Bah, igual eso no es lo peor de los casamientos. Si me tengo que poner a enumerar todo, escribiría uno de esos libros best-seller que se venden en los aeropuertos con una foto mía poniendo cara de atrevido… No, no acepto, se llamaría el libro… Hoy tuve la tentación grande de gritar cuando el cura hablaba del amor, de lo complicado pero hermoso del matrimonio… ¿Qué sabe de eso? Es como si yo fuera a la facultad de arquitectura a dar clase y arrancara bueno esto es bastante fácil, yo hice muchas casitas con lego, ponés un ladrillo, después el otro y así… Proyecto familiar dijo después… Me dio escalofríos, ganas de agarrar la guitarra criolla del pibe de cantaba Aleluia y ponérsela de collar… Es que no puedo soportar los clichés… A veces tengo ganas de armar mi propia revolución contra el mundo automático para despertar a los dormidos… Si estoy en un lugar y veo a alguien revisar constantemente su teléfono como un gesto histérico me surge el impulso de patearle la mano y tirarle el aparato al suelo y pisarlo hasta que queden los resortes; o a los que saludan y dicen “acá, luchándola”, con gesto mártir, responderles con un pedo en la cara o ahora mismo, cuando bailen el Vals sacar un aerosol y escribir Punk not dead en el vestido de la novia… Seguramente no haga nada de eso pero me divierte pensar diferentes situaciones.

Aunque parezcan locuras, los pensamientos del Gato son solo eso. ¿Quién puede negar que alguna vez tuvo al menos un pensamiento desquiciado?

Algunos de sus amigos rugbiers ya están pogueando en la pista al ritmo del tema del momento. También los padres, novias, e incluso la tía vieja de la Chancha.

Tomando se entiende la gente… El escavio es el mejor descubrimiento del hombre y me cago en  los detractores, manga de botonazos… No se dan cuenta que si todos tomáramos fernet habría menos peleas… ¡el amor es posible con el empinaje! … La sobriedad reprime… Y no me vengan a decir lo agresiva que pone a la gente el alcohol… Esa agresividad es represión por algún otro problema, por trabajar, por las cuentas que hay que pagar… La iglesia incluso debería estar a favor, que si no fuese por el alcohol, la población mundial estaría reducida a la mitad… la familia le debe todo al vino…

Unos cuantos rounds etílicos después siente sus piernas querer escapar hacia la pista a rockear. Y salta con todas sus fuerzas en el medio, abrazado a su amigo recién casado y su mujer, el padre y varios desconocidos. Baila endemoniado un cuarteto y su camisa ya no es lo que era. Con la vejiga jugando tiempo suplementario, va al baño. Ya el ambiente de la fiesta es de ebriedad total. Hablando de ebriedad total, se encuentra en el baño con el Pingüino, un tipo que solía jugar con su padre.

-¿Cómo andás Pingüino?

-Vos, a mí no me saludés, pendejo.

-¿Tenés algún problema conmigo?

-Te suspendieron del club, sos una vergüenza para tu viejo. Si fuera él, te cago a trompadas. Siempre fuiste un choto, un pobre pibe. Tuviste la mala suerte que te hicieron creer que eras bueno, pero hicieron muy bien en no llamarte más al seleccionado.

-Tenés razón, todo lo que vos decís es verdad.- Contesta el Gato y mira fijo a los ojos del Pingüino, tratando de descifrar su scrum mental.

-Además te hacés el escritor, ¿te pensás que vas a llegar a algún lado con eso? Te mandaron de vuelta de Europa con una patada en el orto por choto y volviste sin una moneda, no tenés educación, sos un mal ejemplo, un pobre pibe. ¿Sabés lo que sos vos? Sos un idiota, todos piensan que sos un idiota.

En la cabeza del Gato suena una base de percusión. Sonaría prefecto con el rap del enano borracho que tiene enfrente. Un rapero original, piensa, vestido de traje y parecido a un villano de Batman lo único que le falta es tirarse al piso y girar sobre su espalda haciendo break-dance. Para contribuir al número, con el último verso, la última ráfaga de insultos, el Gato lo empuja y tropieza con un sillón. Para prevenir un represalia, salta sobre él, le pone la mano de collar, y apela al recuerdo del señor Miyagui en Karate Kid. Simplemente con dos cachetadas tiernas le dice,      igual Pingüino, te perdono porque fuiste amigo de mi viejo. Vuelve a bailar con sus amigos y el otro, todavía en el piso como una tortuga pataleando por darse vuelta, grita con voz rasposa y deprimente ¡Choto, choto! ¡A tu viejo también le faltan jugadores!¡Choto!

PARA VER EL PRÓXIMO CAPÍTULO APRETAR ACÁ

El Gato Samurái

17/06/2010

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Anestesiado en la alfombra con Jack encima suyo, no puede distinguir el sueño de la realidad. El ronroneo del felino se confunde con la voz del utilero de su club ofreciéndole, en el sueño, un par de medias. Esas me quedan chicas, Lemos, no tenés un talle más grande. No, usá estás y dejáte de joder, dale que ya salió todo el equipo a escuchar la charla. ¿Por qué me someto a tanto sufrimiento por este deporte? Me aprietan los botines, me duele la cintura, tengo que empujar como percherón cada vez que a un pelotudo se le cae la pelota y encima ahora viene este a darme una charla que ni me interesa. En el sueño siente el olor a bálsamo típico de un vestuario, las respiraciones fuertes de sus compañeros preparándose para la batalla y al sádico del entrenador dando golpes con la mano abierta a todo aquél que pasa cerca. Se mira al espejo y en vez de verse vestido con ropa de rugby se ve con una especie de armadura. Tres pinches salen del casco y sobre su cuerpo una malla metálica cae hasta la rodilla con un cinturón sosteniendo una espada. La primera impresión es la apariencia de Darth Vader. En seguida se da cuenta de todo. Es un Samurái. Aquél que sirve, es su significado en japonés. Un pilar Samurái, aquél que sirve al equipo para continuar el juego, un guerrero de elite, de la cual forman parte unos pocos, esos que morfaron de más y pasaron horas levantando peso en el gimnasio para inflar su cogote. Él es un pilar Samurái de los más respetados, capaz de poner tus patas en el aire paralelas al piso con solo estirar su ancho brazo y atravesarlo en tu carrera, de tener el equilibrio justo con su carrera poderosa y voltear muñecos como una bola de Bowling y una anguila eléctrica imposible de tocar porque te expulsa bien lejos al mínimo contacto. Lentamente observa su arma, el kanabó, hecha de roble y recubierta con metal. Si uso esto puedo lastimar mucho.

Los golpes en la puerta se entremezclan con los gritos del entrenador en su sueño. ¡Gato!¡Gato, vamos, eh!¡Matálos a todos! Pum, pum en la puerta ¡Gato!¡Gato, abrí, loco! Levanta el torso y con una mano tira la botella vacía a su lado. Respira profundo, con la confusión de los ruidos. En la puerta, la luz que llega de afuera, aparece por debajo y tiembla con los golpes. Jack está acurrucado en un rincón analizando la situación. ¡Gato! ¡Despertáte y abrí! ¡Te acabo de ver por la ventana! Va hasta la puerta moviéndose lento. Jack pasa entre sus piernas para conseguir un poco de energía, de amor. ¿Qué hacés, Turco por acá?

El Turco es un tipo polifuncional, siempre al pie del cañon. Juega de todo y conoce todo. Nunca hizo deporte, pero en la yeca es el atleta más ágil. Tuvo un bar, clausurado por la policía por  no tener permiso municipal para hacer fiestas en plena semana. Era un pretexto eso del bar, para juntarse con amigos y usarlo de oficina. Para ganar plata se le ocurren ideas descabelladas como cuando importó heladeras expendedoras de latas de gaseosas. Le pidió prestado al Gato convenciéndolo de haber descubierto el negocio perfecto. Puso las heladeras en colegios, clubes y hospitales. Un vez el Gato viajó hasta un club de Quilmes, donde descubrió en un pasillo donde nadie pasaba a una de sus heladeras. ¿No querés ponerla en el sótano, hijo de puta?, le dijo al encargado. Juntó suficiente bronca al no ver siquiera rastros de las otras en los diferentes lugares donde debían estar. Lo único que existía era un panfleto con fotos de las heladeras dando una luz brillante y un único ejemplar perdido en el pasillo de un club de Quilmes. Si no fuera que le consiguió ir a jugar a Europa, lo hubiese cagado a trompadas porque la guita de las heladeras nunca la recuperó. Y de eso de ir a jugar afuera, bueno esa es otra historia.

-Abrí, me enteré de lo que pasó en el club, y te viene al pelo lo que te vengo a decir, un club de Francia anda buscando pilares.- dice el Turco. La llave gira y la cabeza del Gato también, un poco más; es un lavarropas en pleno proceso de centrifugado.

-¿Qué hacés, Turco? Hace bastante que no te veo, estás borrado.

-Si estuve arreglando unos negocios y me tiene bastante ocupado eso. Justo me llamaron por esto y pensé en vos, Gatito, sé que andás flojo de laburo y ahora que te suspendieron del club necesitás jugar si querés volver al seleccionado.

-¿Y quién te dijo que yo quiero volver al seleccionado?  …Pasá, vení. Sentáte en el sillón que hago unos mates…

-Daaale… sé que te morís de ganas de volver y este es un club bueno, eh. Y ofrece algo bastante bueno comparado al resto. Con esto de la crisis redujeron mucho los contratos.

-Y… no pierdo nada con escucharte. Tampoco pierdo nada en pegarte una patada en el orto pero tengo un poco de resaca.

-No seas así, Gato. Aparte mal no te fue cuando te conseguí irte afuera, ¿o sí?

En esa época, el Gato estaba desesperado por irse al exterior. Que lo cuente él va a ser mejor y con más detalle. Imaginemos que está frente a nosotros y la conversación con el Turco quedó en stand by.

No tenía el librito de la Comunidad Europea, ese carnet para entrar al country más grande del mundo. Firmé el contrato y me casé con una amiga con pasaporte europeo para no ocupar plaza extranjera. Sin pensarlo demasiado, porque no soy de dudar las cosas; yo voy con el instinto, como con el negocio de las heladeras, como cuando le tomé el gin tonic al tesorero en la reunión que debatía mi suspensión o las veces que voy a la parrilla del kilómetro 41 pasando La Plata y pido una tira de asado antes de sentarme. Mi novia de ese momento no quería ni verme después de eso y me dejó, obviamente. Esa misma noche, para festejar y con motivo de despedida fui con León, un amigo de la infancia, a ver las peleas de Vale Todo en un galpón clandestino.

En Francia me esperaba un tipo que venía a ser el socio del Turco en la operación. Ni una palabra había cruzado antes con ese tipo de pelo largo, gitano de Marsella. Su nombre era Raoul, ex chef, ex dueño de una concesionaria de autos, ex dealer, ex muchas cosas. Pero sobre todo ex chef y dealer, y de quién es lo interesante. En el ’72, Keith Richards alquiló una villa en el sur de Francia cerca de Niza. Toda una caravana de músicos, ingenieros y amigos necesitaba quién los proveyera y así fue que el vivo de Raoul vio el negocio.  Muchos años después de esa aventura con los Stones empezó a trabajar en el espectáculo y como agente de futbolistas. Parecía un chanta de décima ese Raoul, una caja de Pandora cada vez que abría la boca para contar una historia. En seguida me cayó simpático igual. Se ocupaba de mí. Dormí un par de semanas en su casa. Quedaba sobre la playa y estaba bastante venida abajo por fuera, aunque adentro era muy pulenta. Teles en todos los cuartos, equipos de sonido, sillones enormes. Cada tanto a la casa venían unos árabes a charlar con él. Fumaban porro en el living y cuando aparecía yo, decían cosas en francés de mi tamaño, pfff… ah ufff… todo el día meta gesticular haciendo esos ruidos y bufando.  Yo no cazaba una de lo que decían esos cristianos. Saludaba y me iba para el club. Raoul me prestó uno de sus autos hasta que me dieran el mío. Una cupé zarpada. Yo me hacía el Yumajer por la costa para mirar los carozos en la playa. Pelan cuero ahí nomás, las minas. La verdad es que no tenía idea donde estaba. Llegué al club el primer día, me dieron un bolso y me pusieron a hacer fierros.

Te voy a cortar con tu relato en primera persona, Gato, así sigo con la escena del Turco en tu living. Más adelante la seguís, de paso le ponemos suspenso a toda esta historia.

-Tomá, cuidado que está caliente –le pasa el mate al Turco- A  ver, contáme de ese club. Primero, ¿qué club es?

-Gracias –se sacude la pata alejando a Jack. El Gato lo mira mal.- El club es Toulouse, necesitan urgente un pilar. Ya tengo todo hablado, ¿qué te parece?

-Y… no será una de las tuyas, ¿no? Ya veo que termino yendo al Toluca de Méjico.

-¡Ehhh, loco! La otra vez te conseguí algo bueno, no seas así.

-Si, tenés razón, me conseguiste algo bueno. Algo turbio, pero bueno al fin. Igual si vuelvo ahí me van a buscar por el tema de los impuestos. No se si me conviene volver a Francia. ¿Sabés lo que pasa, Turquito? Tengo ganas de empezar a hacer otras cosas. A mí el rugby me dio un montón, pero no se si estoy para eso.

-¿No me digas que seguís insistiendo con eso de escribir? Mirá que sos raro, eh. ¿Dónde se ha visto un rugbier escritor o un rugbier poeta? Tenés que ser francés y haber jugado en la década del setenta para eso -dice el Turco y los ve perdido en otro pensamiento. El Gato levanta a Jack, lo pone en su falda y tarda unos segundos en contestar

-Tengo una idea hace un tiempo dándome vueltas en la cabeza, Turco.

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Se viene el mundial de fóbal

10/06/2010

Mi casa, en la prepubertad, era la utilería de un club. Teníamos alrededor de diez pelotas de fútbol y algunas más de rugby. Volvía del colegio, donde había pasado la mayor parte del día pensando en goles y tries, para jugar con todas, limpiarlas, decirles las amo, son mis únicas novias y si supiera lo que es el sexo les propondría tenerlo pero tengo edad de pre adolescente y no sé nada de la vida, ni siquiera sé para que me enseñan el análisis sintáctico. Esa obsesión se transformó en una duda existencial. Una tarde en el colectivo de Hugo, un tipo que llevaba a su madre como guardia de seguridad armada con una aguja peligrosa que se clavaba en los hombros o culos de mala conducta, dejé de jugar en el pasillo, presionado por esa duda. Llegué a casa y desafié a mi viejo a unos penales en el baldío de enfrente a mi casa. Había decidido que el segundo lo iba a patear como el Chino Tapia. Me acerqué a la pelota, la preparé y le largué la confesión al arquero pelado. Pa, no sé si jugar en Boca o en el SIC, ¿Qué hago? El tipo, seguro estaba pensando como pagar las cuotas de Abelardo, nuestro primer Renó 12, darme de morfar a mí y el resto de la prole y venía yo con este planteo. No dijo nada y estuve a un centro de ir a probarme a Independiente.

Esa obsesión también era el fanatismo por Boca, la Selección y el Diego, Ser un enfermo de fanatismo puede ser peor que cualquier droga dura. Entonces, gracias a la TV, la peor de las armas de destrucción masiva, con el tiempo me fui dando cuenta que ganar un mundial o que Boca saliera campeón era tan necesario como usar corbata. Un amigo hace poco me dijo que por gente como yo el país está como está, que necesita patriotas. Yo solo había dicho que me gustaría que Nigeria o algún africano gane por el recuerdo de Kanú, Yekini, Amunike y esas panteras que amenazaban con destruir la memoria del mundo blanco.

Hoy volviendo en el colectivo vi la publicidad de un canal que promete transmitir el mundial las veinticuatro horas y confirmé la teoría de las armas. Además tengo un amigo que cumple una condena en un canal de deportes, por lo tanto, tengo evidencia concreta. Me pregunté cuanto se podrá hablar de futbol durante un mes todo el maldito día. Un títere hablando castellano neutral, seguro dirá: último momento, Drogba se agarro un huevo con los calzones y no pudo bajar a desayunar, en otra información, a Jonás Gutierrez se le perdieron todas las gomitas para atarse el pelo y le mandó pedir a su mujer, ampliaremos y la cámara lo muestra haciendo juegitos con el pelo suelto.

Pero el hombre siempre se supera, por eso llegó a la Luna, y un desodorante cantó la posta “Porque cuando dejás de pensar en fútbol, pensás en mujeres”. Genios. Yo me levanto y digo, fulbo, fulbo, gol, gol, referi conchetumadre, uh minas, minas, fulbo, fulbo. Es así.

Tenía que ser un monje quien me devolviera la fe en los mundiales. Zidane le dijo a Enzo en su programa, si pidiera perdón por lo que hice no sería fiel a mi mismo. Y pensé en el mas Rolling Stone de todos, el Jim Morrison en versión argenta, el que tiene la barba de Horacio Guaraní y pelo de señora de barrio. Pensé en las posibilidades, por ejemplo, de llegar a la final y en la charla técnica  se quede sin palabras y  entren las nenas  con las manos en forma de plegaria que dirán “hagánlo por nosotras”.  Por el momento biblíco que esta por acontecer, con el nieto, con Messi a quien llaman tan ocurrentemente “Messias”, con el Apache el jugador peronista, volví a creer. Con todo ese combo de profecías, enviados de los cielos por partida triple, surgidos del barro por el deseo de Dios, tienen que ganar para demostrar lo que puede pasar después. Lo que pasa después lo imagino así: Horacio Guaraní con pelo de señora en un altar construido sobre el Obelisco, fumando un puro y a su derecha su nieto, Benjamín, a quién levanta para demostrar a los millones de fieles, que arrodillados en señal de alabanza deliran al ver que la continuidad está asegurada.

Entonces volví a querer que la selección gane el mundial. Y sino que gane Camerún porque tengo la camiseta.

Las Cruzadas

03/06/2010

¡Tanto alboroto por un montón de palabras acumuladas! No me tomen demasiado en serio. Solo crean en el Gato, el sabio más grande que surgió de mi mente. Mientras intento descifrar que hará mi arltiano personaje en esta novela/cuento/divague llamado a cambiar la historia del rugby y la literatura del siglo 21, voy a contar mi segunda experiencia en el lugar que debería ser la Capital de la Nación. Che, ya que hubo tanto lío por el Bicentenario podrían hacer algo novedoso y nombrar capital de la buena onda, gastronomía asesina en tamaños ultramega titánicos a San Vicente.

Fresco como un grupo de Cumbia girando de noche, me levanté el domingo sin rastros de tinta italiana con coca. Del partido de waterpolo del día anterior nada más quería saber. Junto a Osvaldo Ávalos, de Costa Libre sponsor de Brown, nos pusimos los trajes de Cruzados acompañados de Fran mi hermano cineasta, inventor y fetichista de la bicicleta y Nadia, una fuerza electromagnética de la naturaleza.

De algo no me había dado cuenta la primera vez que estuve en San Vicente y es de una pintada en la calle principal de mano izquierda. Soy fanático de los grafitis, generalmente me los anoto. Hace poco vi uno que decía Frula & putas (sumado a Racing y Vino y Nacionalismo puto, son los mejores de toda la ciudad). Pero en esta pared estaba escrito algo inédito: Después de Dios, Menem. Nadie sabía quien fue el autor de semejante porción de literatura.

Manuel Werlen es igual al Doc, el inventor loco de Volver al futuro (ahora que me doy cuenta se llamaba Emmet Brown y el club también). En su cocina-laboratorio había preparado un tremendo banquete celestial con el que nos atoramos junto a nuestros anfitriones en una mesa larga. Después de la paliza gastronómica, cargada en proteínas y calorías, brindamos, con la magia de un Fratelli Branca, por el aniversario de mi aparición en la tierra con este cuerpo. Sin embargo, he ahí el talento de Doc Werlen en administrar tan bien los manjares porque jamás nos pudimos negar a lo puesto en la mesa con la sensación de tener siempre un poco más de espacio.

Cuenta la leyenda de un pueblo que sabe juntar 60 mil tipos para un bingo en febrero o lo mismo para la Fiesta de la Cosechadora en setiembre, que hubo un tiempo en el que existió el Chanchomóvil. Yo me pregunto porqué ese tiempo es pasado. Y me contesto solo, es porque en San Vicente se renuevan constantemente, siempre hay algo diferente para sortear. Si de sortear se trata estos muchachos la tienen más clara que taxista hablando del clima. El Chanchomóvil era una iniciativa de los bomberos voluntarios.

Dicen que esa genialidad consistía en un carro que hacía las veces de asador y recorría el pueblo vendiendo números a dos pesos. El ganador se llevaba el chancho, listo, tierno y amoroso. ¡Un chancho a solo dos pesos!

Bien temprano, como todo profeta, nos levantamos para cumplir con nuestra misión. Esta vez había que llevar el la palabra del creador William Web Ellis, nuestro señor, más allá de las fronteras de San Vicente, a María Juana, un pueblo a 20 Km. de distancia. En la escuela un montón de chicos escucharon la invitación generosa del Brown. No es cualquier propuesta, ¿Dónde se ha visto un club que vaya a otros pueblos y encima ofrezca transporte a quién quiera jugar? Si, tal vez me estoy poniendo pesado recalcando lo bueno de San Vicente y su gente. Pero es cierto, ¡créanme! Son todos pequeños Buda en ese pueblo que se brinda por los demás.

Antes del almuerzo y después de pasar por una escuela primaria fuimos a recorrer a pie las calles. Ya dije que mi hermano es fetichista de las bicicletas. Es más, en un rato voy al taller donde dedica un poco de su tiempo a inventar accesorios para ellas. El primer domingo de cada mes participa en Masa Crítica (http://masacriticabsas.blogspot.com) y puedo recomendar a aquél que un domingo por la tarde, en lugar de mirar el bodrio del fútbol para todos, se junte en el obelisco con un montón de gente para pasear por la jungla de cemento en bici. Ya me fui de tema pero viene al caso contar su pasión.

En San Vicente, como en todo pueblo, la bicicleta es fundamental. Hay un montón. A la hora del almuerzo todas salen de las escuelas. Fran, que venía sacando fotos de diferentes tipos de bicicletas, quería documentar el momento en que todas ocuparan la calle. La superpoblación de bicis es su misión. Es que no le gustan nada los autos ( a mí tampoco me gustan demasiado) y todo es parte de un proyecto de educación vial, de que el mundo comprenda de lo excelente que es la bici. En eso, una señora de lejos nos miraba con desconfianza. Era ella, pensé, la directora mas sexy, cariñosa y con mas personalidad de toda Latinoamérica, la que se parece a Cristina K. Y era nomás. No me reconoció porque su amor por los purretes pudo más y levantó una denuncia contra tres personas desconocidas que sacaban fotos. De eso nos enteramos más tarde en el almuerzo, cuando apareció en el laboratorio de Doc Werlen y nosotros, previos a otro round culinario, la vimos entrar anunciando lo sucedido. En seguida se dio cuenta de que esos desconocidos éramos solo los cruzados en plena misión. Como estás, me dijo la dire más hermosa de todas, perdoná me asusté cuando los vi. No hay problema, yo no te fui a saludar porque se me aflojaron las medias, le dije y bailamos un tema romántico en medio del salón a la vista de todos. Coroné el momento épico con la porción perfecta de dulce de batata y queso.

A las dos de la tarde yo era un yunque. Sin embargo, la práctica abierta para los chicos no se iba a suspender. Una convocatoria enorme para jugar tocata con cintas. Terminó siendo rugby anárquico mas que nada y se me ocurrió que estaba bien, que tal vez lo mejor de esto es solamente correr con la pelota por diversión, sin puntos. Miles de amiguitos felices corrían en un montón de canchitas y no me pude contener a la tentación de galopar entre tanta energía sin contaminar.

Y así termina la crónica feliz, con el pedido de nombrar a San Vicente, el edén de los paladares exquisitos, de los sorteos insólitos y personajes parecidos a los Galos de Asterix, capital de la Nación, de Sudamérica o mejor, del mundo y sus alrededores.

Seguir este link para ver las fotos del viaje.

El Gato dialoga solo a las 4 AM

19/05/2010

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Cuatro de la mañana. La ciudad duerme con los que pueden. Por ejemplo los de campera de carpincho en sus casas destilando moral. También despierta con el cartonero, el canillita y también el Gato. Sale del sobre sin sueño, sintiendo todas las partes de su cuerpo, desde la punta de los dedos de la mano a la cabeza y los pies. Va hasta el aparato de música y de entre la pila de discos en un estante saca uno sin dudar. Lo venía pensando hace rato. El ruido de la bandeja de cd ofreciendo su cobijo al disco le hace acordar a los Transformers. Su preferido era el que se convertía en avión y no se decidía si combatir con los Autobots o los Decepticons. This is the end, beautiful friend, the end, suena en los parlantes y deja de pensar en las dibujos animados de su infancia. Algo se mueve al lado del sillón. Es Jack, su gato. Se sienta a su lado en el piso y mira con atención al felino. El Gato Gatowski y Jack el gato frente a frente se miran. El Gato lo admira, se imagina con la capacidad felina jugando al rugby. Sería un pilar súper pulenta y ágil, como un Ninja grandote, piensa. Toma whisky de una botella abierta el día anterior. My only friend, the end. Está impresionado con la existencia de su animal. Los animales no discriminan, no juzgan, simplemente son, meditan constantemente, nosotros los humanos somos el animal mas estúpido que existe, y hay algunos que insisten con eso que somos los seres mas importantes de la tierra, que ignorancia, somos hormigas a gran escala nomás.

Le clava las garras a la botella y la empina unos cuantos segundos. Agarra las mancuernas y, cantando, hace bíceps. Jack se asusta al escuchar el ruido de metal caer en la alfombra y se esconde debajo del sillón. Después de asustar al animal le empieza a dar golpes al aire. En un pasado fue boxeador e incluso pensó en pelear, después se entusiasmó con el Kung Fu para sumar patadas y fue dejando lo otro. Además le quedaba más cerca que el gimnasio de Manotazo Medina, ex campeón de alguno de esos pesos difíciles de recordar. Then he paid a visit to his brother, and then he walked on down the hall, dice Morrison. Tira y tira golpes pensando en su falta de proyectos, en ese tipo de campera de carpincho en su barrio de casas adorables, como dirá la esposa, donde se sienten seguros pero no tanto a pesar de tener garitas en sus esquinas para proteger los estéreos de sus camionetas nuevas, de tener perro como guardián, un Rodweiler seguro, al que mandan a pasear con un pibe al que le dan unos mangos por mes, ese tipo que cuando uno de sus hijos sale con que quiere ser músico le dice te vas a cagar de hambre y rapea una sarta de mariconadas para convencerlo de ser lo mismo que él. And he came to a door, and he looked inside. Jack ahora sentado en el sillón, medita sobre su felinidad y ve la demostración de artes marciales sin emitir juicios. Father? Yes, son. I want to kill you. Rápido y más rápido se acelera el tempo de la canción y las piñas y patadas también hasta no poder más, hasta cansarse y sentir la respiración agitada. Dobla sus piernas y se tumba en el suelo a recuperarse. This is the end, my only friend, the end. Jack se sube en su pecho que asciende y desciende. Lo acaricia. It hurts to set you free, but you’ll never follow me. Empieza a relajarse hasta quedarse dormido con el gato encima suyo, como una extensión de su cuerpo. The end of laughter and soft lies. El cuarto va entrando en silencio con la quietud de todas las cosas en él. Gatowski, Jack, la botella de whisky vacía, el disco que termina. The end of nights we tried to die.

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