Estoy en contra de los plazos fijos
29/03/2011Durante un tiempo fui a la universidad. Estudiaba publicidad por inercia. En realidad lo que tenía en la cabeza era jugar al ragbi. La única materia que me gustaba era redacción, las otras me parecían un tremendo bodrio. Después llegó el momento de ir a jugar a Saracens: ni lo pensé, no me importaba la plata, como tampoco me hice problema por dejar la carrera. Lo mío no era el estudio. Siempre fui mas bien un autodidacta. Mi período en Inglaterra fue de mucho más aprendizaje que el de escuchar a un profesor. Era hermoso, estaba con dos amigos con quienes vivíamos en estado de Satori permanente. Al final de las prácticas me quedaba practicando mis destrezas en la cancha. No había relojes. Aprovechaba el tiempo y llegué a leer tres y hasta cuatro libros por semana. Pensaba que cuanto más leyera, mi sabiduría iba a llegar a lugares insospechados. Aunque sobreestimaba un poco el conocimiento, estaba, de alguna manera, formándome igual que lo hacían los Samurai.
Los Samurai en su preparación, practicaban, por ejemplo, a manejar una espada hasta que sentían que ya habían aprendido lo suficiente. Entonces, colgaban esa espada y no la volvían a tocar hasta aprender otro arte, como la costura, o el arco y flecha, siguiendo el mismo proceso.
Un día me llamó el entrenador de London Irish a su oficina y me dijo que no me iba a tener en cuenta. Eso fue a mitad de temporada y todavía me quedaba contrato por una más. Tras dos años de ragbi increíbles, en el tercero me tocó ver la otra cara de la moneda. Estaba en Londres, me pagaban por entrenar y nada más que eso. La llama de la escritura se encendió adentro mío. William Faulkner dijo que lo mas importante para un escritor es la experiencia. Le hice caso: cuando volví a Argentina una sola idea se me metió en la cabeza y fue la de escribir, sin importar cómo, lo cual me costó una relación, pero al menos fui fiel a mi mismo. Dejé de mirar mis propios pies, levanté la cabeza y vi un universo gigante.
Uno de los escritores que más me gustan es Henry Miller. Leerlo es como charlar con un amigo, un chanta que te seduce, que sabe usar el lenguaje. Sus textos no tienen una línea concreta, sino que durante la narración hay mucho del flashback. A veces, en medio de una escena de sexo, empieza a soliloquiar sobre el ‘american way of life’ para volver a esa escena y quizá pasar a otra delirante en la que se hace pasar por psicoanalista para comprobarle a un amigo que sin estudiar, él puede hacerlo. Uno va leyendo todo eso y en ningún momento se pierde. En la primera página de ‘Trópico de Cáncer’ dice: “No tengo recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo”. Es la declaración más pura y liberadora, y eso es solo el principio del libro. Las locas aventuras de Henry, en su mayoría autobiográficas, cuentan su camino para ser escritor, en el que se despoja de todo llegando a vivir en la extrema pobreza y experimentando con todo tipo de cosas. Sin embargo, hay pocos momentos de sus novelas en los que habla de su literatura, tal vez porque no tenía tiempo con todas las cosas que le pasaban o porque estaba viviendo la literatura para vomitarla después. ‘Trópico de Cáncer’ se publicó en 1935 pero solo en Francia. Estuvo prohibida en Estados Unidos e Inglaterra y recién se publicó veinticinco años después. La trilogía ‘Sexus, Plexus, Nexus’ es una catarata de delicias de alrededor de mil quinientas paginas, y por la riqueza de los textos en ningún momento se hace pesada. La última parte de la trilogía se publicó en el ’60. A partir de ahí, escribió cada vez menos para dedicarse a la pintura. Algunos le criticaban que ya no escribiera más seguido o que no lo hiciera tan bien como antes. Creo que Henry había dicho todo lo que tenía que decir y colgó la espada en la pared para pasar a la siguiente forma de expresión.
Otros escritores dejaron de decir lo que tenían adentro por razones de fuerza mayor. Uno de ellos fue Roberto Bolaño. El chileno se mudó al otro barrio cuando estaba en la cresta de la ola. Tenía el verdadero don de la narración, y dentro de esa narración, que era una especie de tronco, podía seguir creando las ramas que salen para arriba y abajo. Ese estilo me encanta. Me hace acordar a un aeropuerto del que salen y llegan aviones de un montón de puntos diferentes que confluyen en una sola pista.
El caso de Andrés Caicedo es diferente. A los veinticinco años, cando se suicidó, ya había publicado bastante, visto todas las películas posibles y escuchado toda la música a su alcance. Caicedo era el típico caso del pibe que no encaja en ningún lado, el lúser atormentado. Todos los protagonistas de sus historias como el pibe de ‘Noche sin Fortuna’ están enamorados de una persona inalcanzable, sufren el rechazo pero no tienen miedo de meterse en cualquier lugar y van surfeando entre oraciones trágicas y hermosas.
Una vez, en uno de mis trueques en los puestos de Italy Park, me encontré con un escritor al que no le tenía fe. Era Haruki Murakami. Apenas empecé la primera página de ‘Tokyio Blues’ dije, listo este libro va a ocupar toda mi atención los próximos dos días. La construcción de los personajes, los flashbacks y el orden de la narración me parecieron brillantes. Es de esos libros que provocan las ganas de escribir, de hacer algo. Por desgracia, hace poco me pasó algo feo con este japonés. Compré su último libro y no me gustó para nada. A lo largo de setecientas y pico de páginas inventó una historia un poco floja, repetitiva, con muchos clichés. Pasaban los capítulos y sin embargo lo alentaba, “dale Murakami, dame algo por favor”. Lo terminé y me di cuenta de que el libro tendría una continuación. Pensé que Murakami tal vez se había convertido en una máquina de hacer chorizos, que había puesto un kiosco y ahora apostaba a los seguro. Me sonó a los últimos discos y recitales en estadios de los Rolling Stones. Con mi hermano Facu ironizamos con que Mick Jagger y Keith Richards a partir de cierta época en los ochenta o noventa vieron que la cosa era como un plazo fijo. Se juntaban y armaban todo medio al tuntún, un par de temitas guitarreros, una balada de Mick, otra de Keith y marche. A pesar de todo eso, para mi ellos también son como unos amigos, sobre todo cuando leo una entrevista de Keith. Es posible que no tengan demasiado que decir. La verdad quizá sea que al haber consumido tanto de su obra y sentirme tan apegado a sus discos más salvajes, me cueste digerir lo que hacen ahora. Es una especie de sobrecarga de información.
Espero que a Murakami no le pase eso de poner un plazo fijo. Estoy seguro de que no, porque no todo lo que uno hace es grandioso, o sí es en la medida que uno ponga todo de sí mismo para hacerlo. No siempre se puede satisfacer a todos. De hecho, es importante que no todos estén contentos con el trabajo de uno. Un artista que solo recibe halagos corre el riesgo de ablandarse. Fue también el viejo Billy el que dijo que a un escritor la crítica lo debería fortalecer para dejar todo su corazón en el siguiente trabajo. Me acuerdo de una frase de un amigo, después de que alguien destrozara un texto mío y fue que “no hay nada mejor para un escritor que alguien se enoje con lo que hizo”. Significa que lo movilizó de alguna manera. Entonces, dicho esto, sigo confiando en Murakami. Y si en una de esas le pasa que decide poner la máquina de hacer chorizos, por ahí cuelgue la espada y aprenda a coser. Es lo que voy a hacer cuando no tenga más nada que contar o el día en que correr con una pelota ya no tenga sentido.
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