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“El viajar es un placer que nos suele suceder” decía Pipo Pescador en un caset que escuche hasta que se rompió la cinta, allá por los ochenta. Es un placer viajar, hay que ver de que forma. A nosotros nos esperaba un trayecto muy largo hasta Georgia. Cuarenta horas mortales, casi suicidas.
Los Jaguares estábamos citados en Ezeiza a las 11.15 del sábado. Llegué un poco antes y empecé a ver lo que más abunda en un aeropuerto: abrazos, miles de abrazos todos los días. También taxistas, pero esos no son los que dan los abrazos. El sentimiento brota en esos lugares. Son propensos a los llantos, las risas, las emociones. A pesar de eso un aeropuerto es un lugar en el que nadie quiere estar, o por lo menos al que se va para irse, se entra para salir. Todo es tan impersonal. Es tierra de nadie, un desierto de gente, un no lugar.
El de Ezeiza da la sensación de ser del exterior no precisamente por lo que es sino por lo caro. El precio de un sanguche y una coca es un brazo o un ojo. Tal vez los precios están en euros.
Después pasar el control donde te sellan ese librito que se llama pasaporte pasás a al obligatorio Shopping que es el free shop. Un montón de chicas lindas te ofrecen perfume que olés y casi nunca compras. Hay también una excesiva oferta de productos argentinos para llevar, como queriendo que al que se va le agarre un anticipado desarraigo. Dulce de leche, vino, camisetas de la selección, dvd´s de Maradona, revistas Gente, Caras, el diario Olé, La Nación, El Clarín, carne envasada al vacío. La nacionalidad se vende, más que nada en nuestro país.
A las dos de la tarde el avión de Iberia estaba en la pista. Me tocaba sentarme al lado de un tipo gigante. No era lugar para los dos así que busqué otro que fuera menos incómodo. Ese es el término: menos incómodo. Los que fabrican los aviones deben odiarnos. Creo que piensan que por no haber trabajado lo suficiente como para ir en primera merecemos el castigo de ir en el gallinero que es la clase turista. A mi se me hace imposible dormir, transpiro, pienso mucho, pienso otra vez. Al cabo de un rato en esa jeringa gigante somos como animales encerrados; no hay ropa ni maquillaje que nos disfrace.
Cuando cierro los ojos creo haber dormido muchas horas. Despierto. Fueron solo 10 minutos. En uno de esos recreos de mis ojos soñé que era el 9 de Independiente (no se porqué; soy de Boca. Siempre quise ser futbolista.) y le regalaba mi camiseta al dueño de un bar que a su vez era el capo de la hinchada, a cambio de su protección. Desperté y seguían faltando ocho horas para la primera escala. No habíamos cruzado el óceano todavía. Miré por la ventana pero no pensé nada. Ya se dijeron muchas cosas sobre ese montón de agua.
Finalmente la llanura manchega se aparecía debajo nuestro. Madrid: la primera parada. Ahí no hay tanto rugby. Sí bastante fútbol, buena comida, buena bebida, buena música (Calamaro formó un grupo fundamental; Camarón de la Isla rompió los moldes del flamenco). Es la entrada a Europa. Si tenés pasaporte de la comunidad te sonríen y te abren la puerta. Si no tenés te cuestionan, ¿a dónde van? ¿Cuánto se quedan? ¿Qué es el rugby? Es muy importante tener ese librito que te abre todas las puertas.
A la segunda escala la conozco bien. Tras cruzar el canal de la Mancha se ve Brighton, el castillo de Windsor, la M4 que va al oeste, la M25 que rodea Londres y finalmente el inmenso Heathrow. Aterrizaje y seis horas de espera; sueño y mucho hambre.
Último avión, el que nos llevaría a Tbilisi o Tífilis (la segunda forma de decirlo me suena a enfermedad venérea) en Georgia. Primero una parada más, aunque parezca increíble, en Ereván, Armenia. Ya estábamos en la ex Unión Soviética. En la tierra de el dueño de los aeropuertos de Argentina y de varias cosas más. Me acordé que la comunidad Armenia en nuestro país es muy grande. Hay un club de fútbol incluso que se llama Deportivo Armenio y jugó en Primera en los ochenta.
A esta altura el viaje parecía una conquista romántica, un histeriqueo en el que Georgia, se acercaba y se alejaba. Pero solo cuarenta minutos nos separaban de nuestro destino, el del primer partido de la gira. El “en 10 minutos aterrizamos” del piloto me sonó a la llegada de Papa Noel. La pista en el primer contacto parecía de ripio pero no, como ven, era de asfalto y estamos sanos y salvos. Tocamos tierra a las (lo juro) 2 horas 22 minutos y 22 segundos. No se que puede significar, solo me llamó la atención.
La ciudad se ve llamativa y, a pesar de los juicios o conjeturas nuestras, no es nada de lo que nos imaginamos. Dicen que sufrió muchas guerras, entre ellas una civil. Bueno, nosotros también tenemos una guerra civil pero constante y no tan evidente.
El mundo no es un pañuelo. De serlo sería de una tela inmensa.
Entré a mi habitación en el hotel, conecté el ipod y escuche la canción que abre el Albúm Blanco de los Beatles. En una parte Paul dice: Man I had a dreadful flight. I´m back in the USSR, you don´t know how lucky you are. Nosotros también tuvimos un viaje largo y horrible Paul, pero no sabés la suerte que tenemos de estar acá.


BUENA REDACCION DEL VIAJE CON TAN SOLO LEERLO ME VUELVO A CANSAR!!!
lindo relato..solo espero que el hotel sea comodo y ahora si puedan descanzar y demostrar en la cancha lo que saben hacer, buen rugby!!
tomi
contate algo antes del test con georgia como ves el pais y el equipo . Mucha suerte en la gira
Después de este relato, queda otra conclusión: vivimos en el cu– del mundo!
¡Suerte en la gira!
vamos jaguares, los vemos el Sabado, buen partido!
Muy buena nota bicho.Me gustaria que despues hables de la ciudad y lo que es Georgia.