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Todo lo que voy a contar es verdad. Desde el momento que se transforma en palabras es. No podría mentir. A veces me preguntan si aquello que escribí pasó y yo digo que sí claro que pasó. ¿Acaso importa? La realidad es lo que la mente ve. El realismo mágico de Crónica TV, la imagen vista desde una rascacielos de gente caminando apurada, la letra de Yellow submarine o un sueño.
Fue un viajón, me dijo. Terminó su vaso, pagó por los dos y se fue sin saludar. El barman y yo mirábamos al frente callados. El sonreía; creo que yo también. Metí la mano en la canasta, saqué un puñado de maníes húmedos y salados. Afuera hacía un frío suicida. Adentro el humo y el olor a alcohol volcado en la barra me seguían dando un poco de ganas de vomitar. Repetí el cuento en mi cabeza por partes. Cada una con sorbos de cerveza.
Cachorro salió temprano de la cucha. Tenía arreglado que los sábados, día de partido, le dieran franco. En una bolsa metió los botines con olor a grasa. Los mismos que el hermano usó cuando metió el famoso try asesino, que dejó sin festejo a los putos del otro pueblo. Dos fotos del crimen estaban colgadas de imanes de delivery de comidas en la heladera. Era el único guarda carcel que jugaba al rugby. Se entrenaba como podía. Boxeaba contra los compañeros y contra algunos de los presos en el ring del patio. Lo último un poco riesgoso pero no en ese penal de pueblo.
El colectivo escolar estaba encendido en la puerta del club. El motor lo batía, amagaba con desarmarlo. El sonido parecía una murga amateur. Según lo imagino, el sol hacia chivar a la tierra. Ñoño, el pilar, estaba en cuero y cebaba mates para todo el que llegaba. Ahí llegó Cachorro, ¿Qué haces mijo?¿Quién falta? Preguntó Duarte, entrenador, dueño y conductor del colectivo que adentro tenía un kiosco que atendía su hijo. Duarte era un gitano andaluz emigrado por razones de fuerza. Se le acabaron los Euros, se enamoró y quedó. En Cádiz fue el único cantaor flamenco que jugaba rugby. Cachorro agarró el mate que le tocaba y antes de chupar la bombilla dijo que el Álamo por ahí no llegaba. ¡No, el Álamo! ¿Como no avisa antes? Avisó, si te estoy diciendo que por ahí no llega, se tenía que quedar arriba de la montaña controlando que no haya incendios.
No les faltaba cualquier jugador, les faltaba el Álamo como si ese nombre no lo dijera todo. La bola de Bowling que desparramaba muñecos por la cancha se quedó vigilando la montaña. ¿A quién llamar si en el pueblo no hay muchos dementes que estuvieran dispuestos a hacer 400 kilómetros para jugar un partido? De local quizá alguno envalentonado por un trago de algo se hubiese animado por más canto rodado y tierra seca que tapaba la cancha. Pero no había trago, ni valientes y la distancia en un colectivo escolar era un tester de paciencia. ¿Y si lo traes a Chaplín? preguntó el gitano Duarte. Cachorro lo dudó. Para sacar un preso y llevarlo de viaje, por más que fuera solo un día, necesitaba permiso del director. Galopó dos cuadras en un caballo imaginario hasta el penal.
-Permiso, dijo tocando la puerta.
-Pasá Cacho, ¿que pasa?
-Necesitamos a Chaplín para jugar contra los putos del otro pueblo.
-¿A Chaplín? Lleválo pero si lo perdés lo reponés.
Desde la puerta de la celda vió una pila de huesos y carne que transpiraban acostados en una cama. Boca arriba, con las piernas cruzadas, Chaplín hundía el colchón. Su vista no se movía de las páginas de un libro. El preso daba, en la cárcel, un taller literario al que Cachorro no faltaba jamás. Enseñaba los yeites de la literatura. Charlaban sobre Faulkner, Leonidas Lamborghini, criticaban a Borges y a Cortázar y los dos creían que el poema Sin llaves y a oscuras de Fabián Casas era perfecto. Cacho miró quince segundos como comía palabras.
-¿Qué hacés Chaplín?¿Que lees?
-Pensé que hoy no trabajabas vos. Estoy leyendo a Kerouac ¿lo conocés? Este libro es la esperanza, se llama En el camino. La traducción no es buena pero no cambia mucho.- dijo el preso desde la cama sin dejar de leer. Tenía la capacidad de hablar sin dejar el libro.
-No leí nada de Kerouac. Empecé ayer uno de García Márquez que alguien me aconsejó y a las setenta páginas sentí una explotar una granada en el cerebro. Me cagó la vida. Che, nos falta uno para ir a jugar contra los putos del otro pueblo ¿querés venir?
-Bueno voy, no tengo otra cosa que hacer más que saber a donde van a ir Dean Moriarty y Sal Paradise en el libro y lo puedo hacer en el ómnibus- dijo, cerró el libro se sentó en la cama y sonrió.
-¿Me prometés que no te vas a escapar?
-Ni loco me escapo, acá la paso bien.
-Chaplín, ¿Cortázar podría haber sido un buen segunda línea, no? Grandote, brazos largos. Lo imagino aguerrido.
-No creo, ¿Sabías que Borges le pegó un bastonazo en la cara una vez? Lo retó porque le pareció que Los Premios era sencillamente deleznable. Quedó turuleco un buen rato y después se hizo más gangoso que nunca.
-Mirálo al cieguito repartiendo ¿Será por ese golpe que hizo los capítulos intercalados de Rayuela?
-No, eso era el faso.
Armó un bolsito rápido, metió un par de libros, un par de botines Ocelote y esperó a que Cachorro abriera la puerta. Le palmeó la cara y pidió fuego. Caminaron hasta el colectivo escolar por la única calle asfaltada. El sol tiraba rayos letales. De lejos se escuchaba la música gitana. Soy gitano y vengo a tu casamiento a romperme la camisa, la camisita que tengo, gritaba Duarte.
Salieron del pueblo dormido todavía. El único que los despidió fue el borracho del bar acostado en la vereda. El colectivo no tenía asientos. Algunos se apoyaban contra la pared, otros más vivos llevaron almohadones. Adelante el hijo de Duarte tocaba la guitarra y su amigo el cajón peruano a la vez que vendían bebidas y por unos pesos más ofrecían lustrar los botines con margarina. Si el tema le gustaba demasiado al chofer era peligroso. No se puede manejar y cantar con los ojos cerrados. Un poco más atrás Ñoño jugaba al póker con Rata Saa, Lecter y un cuarto muñeco del cual no recuerdo el nombre. Se apostaba fuerte parece. Aparte de guita, ponían cerdos, caballos, el almuerzo de ese día. Cachorro y Chaplín discutían el verso de un poema que planeaban escribir usando todos los sustantivos del himno argentino. Atrás de todo, los inadaptados de siempre desafiaban a los de adelante, a los otros autos, a dios y al diablo a demostrar su hombría cantando canciones de cancha.
El paisaje se quemaba por un fuego invisible. Los animales, que eran pocos, pedían el tiro de gracia bajo minúsculas sombras. Dentro del escolar no sabían si abrir o cerrar las ventanas. El concepto de tiempo ya para todos era obsoleto, una imposición que genera impaciencia ¿Vale la pena viajar tanto por un partido de rugby? Por este partido cualquier cosa. Renunciar al trabajo, perder una tarde en familia, someterse a los cantos de Duarte y calor como el del subte de Buenos Aires en verano.
-Ya falta poco y estamos justos de tiempo. Vayan precalentando acá adentro porque los dejo directo en la cancha.- dijo el chofer mirando para atrás descuidando completamente el volante.
La peor parte de cualquier deporte puede mejorar en un bondi. Chaplín no tenía claras las reglas aunque tacleó a cinco tipos sin pelota de frente con una violencia hermosa. Era un despiole, una coctelera de desquiciados a punto de explotar de adrenalina. La transpiración acumulada era un río que tapaba los tobillos de todos. A puro grito y lamento gitano los arengaba Duarte.
En el pueblo no había nadie, solo una mujer en ojotas manguereaba la vereda hipnotizada con el chorro como si eso fuese todo su universo. En la estación de servicio un palo de escoba hecho persona miraba desconfiado desde su reposera. Los frenos de aire soplaron fuerte aliviados en la puerta del club de los putos del otro pueblo. En la cancha nadie, solo piedras y vapor. Anda a fijarte vos Cachorro gritaron varios. Chaplín lo compaño. Caminaron lento, dudosos, hasta la casita blanca con techo de chapa. Por la ventana vieron a un perro flaco y un hombre mirándose las caras.
-Señor vinimos a jugar el partido contra los pu… bueno, contra ustedes.¿Donde está el equipo?
-Ah, pero que pena che. Ellos fueron para tu pueblo mijo.
-¿Cómo? Si jugábamos acá. –Cachorro miraba al perro esperando una respuesta que llegaba en forma de bostezo. El preso literato apoyó la mano en el hombro de su amigo.
-Si, fueron esta mañana-Dijo el hombre y se sirvió un mate.
-Los tendríamos que haber cruzado, ¿no?
-No se, che. ¿Quieren un matecito?
Volver a decirles tal noticia a todos era un drama. Su boca abierta lo hizo por si sola. Putearon quince minutos seguidos sin comas ni puntos hasta que Duarte propuso hacer un tercer tiempo, que venía a ser primero o decimoquinto según el punto de vista. Hay que conseguir algo que derrita el cemento, gritó y pidió música a su hijo. Todos estuvieron de acuerdo. Que tristeza para Cachorro. No le interesaba volver a hacer ese viaje metafísico de vuelta.
-Che, Chaplín yo me quedo acá. Me voy a hacer un viaje. ¿Podés volver solo a la carcel?
-¿A dónde vas a ir?
-No se, tal vez me vaya a la ciudad, me vuelva loco, me haga rico y me case.
-Yo te prometí que iba a volver pero prefiero acompañarte. Vamos a recorrer todo el mundo, tenemos que ver todo, hacer dedo hasta quiensabedonde.
La caravana se iba excitada, sin ellos, con el empuje de la guitarra y los gritos borrachos de todos. La miraron un rato y caminaron. Entraron a tomar mate con el hombre de la casita. Por la noche durmieron junto al perro. Al otro día hicieron dedo en la ruta. Siguieron por diferentes pueblos y países hasta que uno de ellos me lo contó en el bar esa noche de frío suicida que comí maní y tomé cerveza.


Laraga el ¡FASOOOOOO!
corrección: larga.
estuvo bueno tomy, con tintes fontanarrosescos divertidos.
Abrazo
pepe
alucinante, nace un nuevo género… la literatura del rugby!!! qué más se puede pedir.
muchas gracias por tu relato.
Y me prometí que iniciaría una nueva vida.
Vagabundearé con una mochila,
seguiré el camino puro.
Macho… no pasas el próximo anti-doping!
Estas tomando de la buena buena no???
abrazo